La Región de O’Higgins inició 2026 con sus principales embalses bajo seguimiento técnico permanente, en un escenario marcado por un importante déficit de precipitaciones y una presión estructural sobre el recurso hídrico que se arrastra en la zona central del país desde hace más de una década. Aunque los niveles actuales no configuren una emergencia inmediata, sí obligan a una planificación cuidadosa de cara a los próximos meses.
Según el último boletín hidrometeorológico de la Dirección General de Aguas (DGA), el embalse Rapel registra 599,3 millones de metros cúbicos, equivalente al 86% de su capacidad total, una cifra que lo mantiene en una posición relativamente favorable en comparación con otros embalses del país. Sin embargo, el panorama regional no es homogéneo. El embalse Convento Viejo, infraestructura estratégica para el riego del valle central, acumula 154,1 millones de m³, es decir, cerca del 65% de su capacidad máxima. Considerando su rol clave en comunas agrícolas como Chimbarongo y Santa Cruz, este nivel obliga a proyectar con cautela la próxima temporada productiva.
Este escenario local, además, se inserta en una tendencia nacional menos auspiciosa. La DGA informó que las reservas embalsadas del país se encuentran aproximadamente un 13% por debajo de los niveles registrados en febrero de 2025, lo que confirma la persistencia del ciclo de sequía que afecta a la zona central desde 2010. En paralelo, el componente climático refuerza esa preocupación, la Dirección Meteorológica de Chile reportó que al 23 de febrero de 2026 la precipitación acumulada en estaciones de la región presenta un déficit cercano al 97,6% respecto de lo normal para esta fecha.
En ciudades como Rancagua, cuyo promedio anual bordea los 770 milímetros concentrados principalmente entre mayo y agosto, la recarga de embalses y acuíferos depende casi exclusivamente del comportamiento del próximo invierno. De ahí que los meses venideros sean determinantes no solo para estabilizar las reservas, sino también para sostener la actividad económica regional.
La magnitud del desafío se entiende mejor al observar cómo se distribuye el uso del agua en el país. Según la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias (ODEPA), más del 70% del recurso hídrico en Chile se destina a la agricultura, mientras que el consumo humano representa alrededor de un 12%. En una región eminentemente agrícola como O’Higgins, esta proporción evidencia la estrecha relación entre disponibilidad hídrica, producción frutícola y estabilidad económica local.
A ello se suma el marco normativo vigente. La reforma al Código de Aguas de 2022 estableció el consumo humano y el saneamiento como uso prioritario en escenarios de escasez, entregando herramientas legales para resguardar el abastecimiento poblacional ante eventuales restricciones. No obstante, si las precipitaciones se mantienen bajo rangos normales durante el otoño e invierno, los niveles de almacenamiento podrían descender hacia el segundo semestre, afectando la planificación agrícola y tensionando los sistemas de Agua Potable Rural (APR), especialmente en sectores que dependen de napas subterráneas.
Así, más allá de las cifras actuales, el comportamiento de las lluvias en los próximos meses será el factor decisivo para determinar si la región logra consolidar una recuperación hídrica o si deberá enfrentar un nuevo año marcado por ajustes en la gestión del recurso.






