Este lunes 9 de febrero se cumplieron 13 años del accidente ocurrido en las cercanías de Tomé, hecho que marcó profundamente a Rancagua, al club O’Higgins y a su hinchada. Aquel día, 16 seguidores celestes perdieron la vida en la Región del Biobío, dejando una huella que hasta hoy permanece presente en la memoria colectiva de la ciudad.
Lejos de diluirse, el recuerdo de los 16 se ha sostenido y resignificado a lo largo de los años. Hoy se expresa en gestos concretos, hitos conmemorativos, encuentros familiares, homenajes en el estadio y espacios simbólicos como en el Monasterio Celeste y distintos puntos de la ciudad, donde la memoria se mantiene activa y presente.
Sandra, madre de Rodrigo Valdés Aliaga, recuerda a su hijo desde lo cotidiano, desde aquello que permanece intacto en el hogar. “Vivo día a día aquí, con sus cosas, sus fotos, sus recuerdos, su pieza, todo sigue ahí”, relata. Para ella, las conmemoraciones no tienen como fin revivir el dolor, sino mantener vivo el recuerdo. “Es bonito sentir que no se les olvida, que siguen presentes para la gente”, expresa.
Una mirada similar comparte María Inés Aedo, madre de Luis Contreras Aedo, quien tenía solo 15 años al momento del accidente. “Para nosotros el tiempo se vive distinto, uno retrocede al primer día, a aquel 9 de febrero en que cambió todo. Cada vez que me siento especialmente mal voy al memorial, ese lugar donde poder llorar y también reír, recordando a nuestros hijos”, señala.
Lo que comenzó como una jornada de celebración terminó convirtiéndose en una de las tragedias más profundas ligadas al fútbol chileno. Tras los festejos por la victoria de O’Higgins ante Huachipato, los hinchas del Capo de Provincia decidieron continuar el viaje hacia un balneario de la Región del Biobío. En ese trayecto, el bus en el que se desplazaban se desbarrancó, marcando para siempre la historia de la hinchada celeste y de toda una ciudad.
Desde la experiencia familiar, Claudia Rojas, madre de Ignacio Jerez Rojas, explica que cada aniversario se vive de manera distinta. “Tienes como una especie de angustia, de repente vuelves al mismo día que pasó. A veces experimentas nuevamente lo que viviste en esos días. Como familia tratamos de apoyarnos”, comenta, valorando los gestos que año a año se realizan en memoria de los 16.
Para Trinidad Muñoz, madre de Joaquín Ávila Muñoz y presidenta de la agrupación Del Dolor a la Esperanza, febrero es un mes especialmente marcado por la memoria. “Uno vuelve a recordar todo. Los primeros partidos después del accidente, veía la barra y sentía que lo veía ahí, a ‘guatapelada’”, recuerda.
En esa misma línea, rememora escenas cotidianas que hoy cobran un sentido distinto. “Vivíamos al frente de la Tercera Comisaría de Carabineros, y ellos siempre iban al frente de la cancha de la Guillermo Saavedra a jugar a la pelota. Se hicieron amigos con los carabineros que iban a jugar, y cuando ellos no estaban, cruzaban a buscarlos”, relata.
Ana María Rojas, madre de Sergio Ríos Rojas, recuerda a su hijo desde una mirada marcada por la fe y la reflexión. “El Señor me dio dos dolores juntos, para pasar los dolores de él y de Belén (Arleth Belén Candia Morales, novia de Sergio). Siempre he dicho que si uno de los dos hubiese quedado vivo, el dolor habría sido aún más terrible”, comenta.
Agradece además el constante acompañamiento de la hinchada organizada. “Desde el momento uno, desde el momento cero, ellos siempre han estado con nosotros. Cuando voy al estadio me los imagino saltando, gritando, desordenados, como eran”, señala, destacando el rol de la Trinchera Celeste.
Jaquelín Montre, madre de Nicolás Osorio Montre, describe el proceso desde la resiliencia cotidiana. “Una como mamá se levanta, gatea, vuelve a levantarse. Hay días en que no dan ganas de hacerlo”, confiesa. Hincha de O’Higgins, reconoce que su forma de vivir el estadio cambió. “No veo a los jugadores, cuando hacen un gol me entero por los gritos y pregunto ‘¿de quién fue?’ Yo miro a la barra, eso me hace un poco más llevadero el dolor”.
Natalia Hernández, madre de Felipe Bañado Hernández, resume el sentir compartido por las familias. “Que después de tantos años se siga hablando de ellos, que nuevas generaciones conozcan la historia, es muy significativo”, afirma. A su juicio, el recuerdo de los 16 ya forma parte de la identidad de Rancagua. “Son parte de la historia del club y de la ciudad”.
Hernández agrega que con el tiempo ha logrado dimensionar el impacto del accidente. “No solo nos cambió la vida a nosotros como familias, también cambió a muchas personas, a la hinchada y al club. Se creó otro sentimiento, algo que se reflejó después cuando O’Higgins ganó el campeonato ese año”, señala.
Este martes 10 de febrero, a las 12:00 horas, se realizará una misa conmemorativa en el Monasterio Celeste, abierta a familiares, amigos e hinchas, como una nueva instancia para recordar, acompañar y mantener viva la memoria de los 16.
A 13 años del accidente, Rancagua no olvida. La memoria de estos 16 hinchas permanece viva en la ciudad, en el club y en su gente. Siempre alentando desde la tribuna eterna, presentes en cada latido celeste.






