Una grave crisis de inseguridad afecta a los comerciantes de pequeños locales del casco histórico de la capital regional, quienes denuncian estar «a la buena de Dios» frente a una delincuencia que ha evolucionado desde el hurto hormiga y robo en lugar no habitado, hasta los ataques en turbas y asaltos armados. Los afectados apuntan a una ausencia crítica de patrullajes preventivos y una nula gestión de seguridad por parte del municipio local, acusando que los recursos solo aparecen con fines recaudatorios.
Por lo anterior y debido al robo a las oficinas de El Tipógrafo esta semana, hicimos un barrido en distintos sectores del centro de Rancagua para conocer qué grado de inseguridad se percibe entre la gente, y si bien los dependientes o propietarios de locales no tuvieron problema en entregar sus testimonios, advirtieron que por temor preferían hacerlo bajo resguardo de identidad.
El diagnóstico entre los emprendedores es unánime: el centro se ha transformado en una zona de riesgo. Según los testimonios, la salida a las seis de la tarde de los fiscalizadores de estacionamientos (parquímetros) marca el inicio de una franja horaria de total impunidad para los «rompevidrios» de los autos estacionados. Sin embargo, el fenómeno más alarmante es la repetición de delitos en objetivos específicos, evidenciando que los delincuentes no temen ser capturados.
El ensañamiento delictual: Dos robos en 24 horas
Uno de los casos más dramáticos recogidos en este reporte es el de un locatario de un taller de bordados, quien sufrió el ingreso de delincuentes a su local en dos jornadas consecutivas, una modalidad que los comerciantes llaman «hacer el barrido». La víctima relata con impotencia la nula respuesta de las autoridades ante la emergencia.
“Hay recursos para “partear”, pero acá nunca hemos visto alguna camioneta de seguridad municipal afuera, nunca. Ni cuando nos robaron dos noches seguidas porque a veces hacen esto, o también roban en más de un lugar durante la misma noche”, denuncia el afectado. Su testimonio revela una desprotección estructural, donde ni siquiera el hecho de ser víctimas recurrentes atrae la vigilancia municipal: “Solamente vemos a los que están todos los santos días parteando a los autos… pero para lo que nos está pasando no hay mucha ayuda en realidad”, fustigó.
Turbas, asaltos y abandono municipal
La violencia también ha escalado. M.G., trabajadora de un local de cosméticos, relata que en agosto fueron víctimas de una incursión coordinada de diez personas: “Entraron varias personas (…) unas las distrajeron mientras a las otras se escondían cosas (…) mi compañera después se dio cuenta que la vitrina estaba toda vacía”.
Los comerciantes critican que la Dirección de Seguridad Pública Municipal no coordina planes de vigilancia ni entrega números de emergencia. “No nos sentimos protegidos”, lamenta otra fuente.
La falta de cámaras municipales operativas obliga a los vecinos a depender de sus propios registros privados. Mientras algunos comercios optan por mantener sus puertas con llave durante el día por desconfianza, abriendo sólo ante la presencia de clientes, por la noche el centro de Rancagua parece quedar entregado a la suerte una vez que cae el sol, sin que las camionetas de seguridad ciudadana hagan presencia en las zonas más críticas del cuadrante central.






