En tiempos en que un sector político parece obsesionado con desmontar cualquier símbolo que no calce en organigramas tecnocráticos, la figura de la Primera Dama ha sido tratada como un vestigio incómodo, una rareza que algunos buscan borrar para exhibir modernidad o simplemente por impulsos refundacionales. Esta mirada desconoce algo esencial, no toda institucionalidad valiosa se agota en cargos electos o funciones reglamentadas. Hay roles cuya legitimidad proviene de su capacidad para articular causas, sensibilizar agendas y movilizar voluntades donde la burocracia simplemente no llega.
La historia republicana chilena es clara. María Mercedes Fontecilla colaboró en la gesta emancipadora; Rosa Markmann impulsó el voto femenino cuando pocos se atrevían; Cecilia Morel instaló hábitos saludables con Elige Vivir Sano y fortaleció Fundación Integra. ¿Puede sostenerse que estos aportes fueron prescindibles? ¿O que debieron eliminarse por una supuesta pureza administrativa?
La Primera Dama, en su mejor versión, es un puente entre la ciudadanía y un Estado rígido, entre urgencias sociales y la capacidad institucional para priorizarlas. No compite con la profesionalización del sistema público, sino que la complementa desde un lugar distinto, el de la influencia que nace del compromiso, no del cargo; de la empatía, no del trámite; de la credibilidad social, no del tecnicismo.
Este rol, por supuesto, requiere límites claros y transparencia. La experiencia reciente con Irina Karamanos mostró los riesgos de confundir modernización con improvisación. Pero eliminar la figura o reducirla a un adorno sería desperdiciar una oportunidad para impulsar causas que suelen quedar fuera del debate político, discapacidad, salud mental, vejez, infancia. Ningún ministerio pierde su misión porque exista una Primera Dama comprometida; al contrario, gana un aliado que visibiliza lo que de otro modo quedaría atrapado en la tramitología.
Quienes critican esta figura lo hacen muchas veces desde la caricatura. En un país donde la política sufre un déficit de cercanía y articulación social, renunciar a todo lo simbólico no moderniza, empobrece. Chile necesita más puentes, no menos. Y la Primera Dama, bien entendida y acotada, puede seguir siendo uno de ellos.






