Europa vive uno de los veranos más extremos de su historia reciente. Durante semanas, distintos países registraron temperaturas sobre los 40°C, incendios forestales de rápida propagación, restricciones en el uso del agua y alertas sanitarias debido al calor extremo. Las imágenes de ciudades sofocadas por las altas temperaturas y bosques consumidos por el fuego recorrieron el mundo y reabrieron una pregunta que trasciende al continente europeo: ¿podría Sudamérica enfrentar escenarios similares en los próximos años?
Aunque los especialistas advierten que no existe una relación directa entre el verano europeo y el que experimentará el hemisferio sur, sí coinciden en que ambos forman parte de una tendencia climática global impulsada por el aumento sostenido de la temperatura del planeta.
Esa es precisamente una de las conclusiones del estudio South America is becoming warmer, drier, and more flammable, investigación desarrollada por un equipo internacional de científicos liderados por la académica de la Universidad de Santiago de Chile Sarah Feron, que concluye que Sudamérica está experimentando un aumento sostenido de las temperaturas, una disminución de la disponibilidad de agua y un incremento de las condiciones meteorológicas que favorecen incendios forestales de gran magnitud.
«Lo que observamos en Europa es consistente con la respuesta esperada de un sistema climático que continúa calentándose. No significa que Chile vaya a reproducir exactamente ese escenario durante el próximo verano, pero sí evidencia el tipo de eventos extremos que pueden hacerse cada vez más frecuentes bajo un clima más cálido», explica el académico del Instituto de Ciencias de la Ingeniería de la Universidad de O’Higgins (UOH) e investigador asociado del CR2, Raúl Valenzuela, quien también fue parte de la investigación.
El estudio analizó registros climáticos de las últimas décadas y detectó que amplias zonas del continente presentan una combinación cada vez más persistente de altas temperaturas, menor humedad del suelo y una atmósfera capaz de extraer más agua desde la vegetación. Este fenómeno incrementa la disponibilidad de combustible seco y crea condiciones especialmente favorables para incendios de alta intensidad.
«Nuestra investigación muestra que Sudamérica ya está transitando hacia un clima más cálido, más seco y más inflamable. Esa combinación aumenta la probabilidad de incendios más intensos y difíciles de controlar, especialmente cuando coinciden olas de calor, déficit hídrico y vegetación seca», detalla el académico.
Uno de los hallazgos más relevantes del trabajo es el aumento del denominado déficit de presión de vapor, un indicador que refleja la capacidad de la atmósfera para absorber humedad desde los ecosistemas. Cuando este indicador aumenta, las plantas pierden agua con mayor rapidez y la vegetación permanece seca durante más tiempo, reduciendo el umbral necesario para que un incendio se propague rápidamente.
En ese sentido, las lluvias registradas durante este invierno y primavera en parte de la zona norte y centro-sur del país, asociadas a la influencia de El Niño, han contribuido a aliviar temporalmente el déficit hídrico, sin embargo, Valenzuela advierte que este escenario no modifica la tendencia de fondo para el próximo verano. Asegura que, por el contrario, el mismo fenómeno también favorece el desarrollo de olas de calor durante la temporada estival. Precisa que las lluvias de la primavera reducen parcialmente la cantidad de vegetación seca disponible como combustible para los incendios forestales; sin embargo, el aumento de las temperaturas y las condiciones meteorológicas favorables para la propagación del fuego continúa configurando un escenario de alto riesgo para la próxima temporada.
¿Cómo nos preparamos?
Chile central aparece entre las regiones donde estas condiciones se han intensificado durante los últimos años. La prolongada megasequía, el incremento de las temperaturas y la reducción de la humedad han configurado un escenario que favorece eventos extremos como los incendios registrados en las últimas temporadas. «No estamos hablando únicamente de temperaturas más altas. También observamos temporadas secas más prolongadas, una atmósfera con mayor demanda de humedad y ecosistemas que permanecen vulnerables durante más tiempo. Ese conjunto de factores aumenta significativamente el riesgo de incendios extremos», añade Valenzuela.
Los autores enfatizan que la mayoría de los incendios continúa teniendo origen humano. Sin embargo, advierten que el cambio climático modifica profundamente el contexto en que estos ocurren, favoreciendo una propagación más rápida y un comportamiento más severo del fuego.
El desafío ya no consiste únicamente en reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, sino también en fortalecer la adaptación de los territorios frente a una nueva realidad climática. Sistemas de alerta temprana, planificación urbana, manejo de la vegetación, protección de infraestructura crítica y estrategias de prevención serán herramientas cada vez más importantes para enfrentar un escenario donde las olas de calor y los incendios extremos podrían convertirse en fenómenos más habituales.
«Europa nos ofreció una señal de cómo se manifiestan los extremos climáticos en un planeta más cálido. Nuestro estudio muestra que Sudamérica avanza en esa misma dirección. La pregunta ya no es si el clima está cambiando, sino cómo nos preparamos para convivir con esos cambios y reducir sus impactos sobre las personas y los ecosistemas», detalla el investigador UOH.
Además de Sarah Feron y Raúl Valenzuela, en el estudio participaron los/as investigadores/as Raúl R. Cordero, Alessandro Damiani, Shelley MacDonell, Jaime Pizarro, Katerina Goubanova, Chenghao Wang, Lena Rester y Anne Beaulieu.






