Antes de los joysticks, los sensores de proximidad y las salas con aire acondicionado, las labores de extracción en la Mina El Teniente dependían de la fuerza bruta, la agudeza sensorial y la resistencia física de miles de hombres expuestos a un entorno hostil.
En los inicios de la explotación industrial del yacimiento, la seguridad de los trabajadores no descansaba en la tecnología, sino en la pericia de oficios mineros hoy extintos o que fueron transformándose, donde los errores podían costar muy caro.
Así, entre las faenas de mayor riesgo figuraba la del palero o cargador a mano, quien trabajaba directamente en el frente de extracción desbaratando la roca tronada con pala y picota para cargar los carros metaleros. En galerías con escasa ventilación, el palero respiraba de forma continua polvo de sílice y gases residuales de las explosiones, en medio de temperaturas que superaban los 30 grados y con la constante amenaza de aplastamiento por desprendimientos desde el “techo” de la galería; hoy en día, maquinaria telecomandada moviliza en pocos minutos lo que a una cuadrilla de paleros les podía tomar turnos enteros.
En tanto, el avance de los túneles descansaba en el perforista, oficio que implicaba perforar la pared de roca a pulso, afirmando maquinaria pesada que generaba niveles importantes de vibración y ruido. El perforista no solo enfrentaba la sordera profesional y el daño articular, sino el peligro latente de perforar un «tiro quedado» —un cartucho de dinamita que no había detonado en la tronada anterior—, lo que provocaba explosiones instantáneas e imprevistas.
Otro rol crítico era el del enmaderador, encargado de levantar las estructuras de madera que sostenían los techos y paredes de los túneles. Su labor requería ingresar a las zonas más inestables del cerro, recién tronadas, para instalar los marcos antes de que la presión de la montaña colapsara la galería. El enmaderador trabajaba guiado solo por el crujido de la madera: el sonido de las vigas flectándose podía ser un indicador de alerta previa a un derrumbe.
La labor de fortificación del interior del cerro fue mutando, llegando a modernos equipos que en un mismo proceso instalan los pernos de anclaje y las mallas que soportan las cargas del macizo rocoso.
En la cima de la cadena de riesgo se encontraba el buitrero, responsable de desencajar las rocas de gran tamaño que bloqueaban los piques de traspaso o «buitras». Reconocidos por su fuerza física, con barretas de acero, “cachorros” de dinamita (carga explosiva pequeña que se usaba en el lugar para realizar una tronada pequeña) o maniobras manuales en posiciones de alto riesgo físico, el buitrero debía destrabar los embotamientos de tonelajes masivos de mineral. Un movimiento en falso o el colapso repentino del material podía precipitar al trabajador al interior del pique o aplastarlo bajo el flujo de roca.
El peligro en la mina física se multiplicaba con el fenómeno del “bombeo del cerro” —el estallido violento y repentino de las paredes de la galería provocado por la extrema presión geomecánica de la montaña—, evento que no daba tiempo de reacción y para el cual las antiguas medidas de protección resultaban inútiles. La prevención se basaba en la vista, el oído y sobre todo en el instinto: “escuchar al cerro» era un lenguaje que todos debía entender.
Ese modelo operativo marcado por el sacrificio físico fue dando paso paulatinamente al monitoreo digital. Sin embargo, la automatización no significa necesariamente menor exigencia, sino un cambio profundo en el tipo de trabajo.
Manuel Reyes, operador de equipo telecomandado de Codelco, ha sido testigo presencial de la evolución de la minería del siglo XXI en el interior de El Teniente. Para él, el paso de “comer tierra y exponerte a los riesgos propios de trabajar dentro del cerro” a operar desde una estación en una sala aislada representa un giro radical.
Reyes recuerda cómo los antiguos equipos contaban con una simple cabina expuesta, con un techo como única separación de las altas temperaturas, ruido y polvo. En ese entorno, los sentidos de la vista y el oído resultaban fundamentales para ejecutar las tareas y detectar alertas tempranas.
En la actualidad, el trabajo se desarrolla en salas donde cámaras y sensores agudizan la percepción del operador. Pero Reyes desmitifica la idea de que la tecnología implica comodidad o descanso: “De ninguna manera las nuevas condiciones reemplazan la productividad, incluso la aumenta”, advierte Manuel. “El trabajo es incesante, pone a prueba los equipos y la capacidad de los operadores por mantener el ritmo.”
La transición del socavón a las pantallas sustituyó la exposición física por una intensa carga de procesamiento de información y concentración continua: “No es que llegas y te sientas cómodamente a manipular joysticks y mirar cámaras, debes estar ocho horas continuas operando el equipo y procesando información, hasta que llega tu compañero del otro turno y sigue desde donde dejaste el trabajo. Esto no se detiene nunca”, concluye el operador.
De esta manera, el control de los riesgos críticos deja de depender del instinto del minero en la frente para quedar supeditado a la precisión digital, transformando la antigua batalla contra el cerro en una carrera ininterrumpida de vigilancia en tiempo real.






