Este viernes 10 de julio se conmemora en el país el Día Nacional de la Sopaipilla, una fecha que rinde homenaje a una de las preparaciones más populares de la gastronomía nacional, especialmente durante las jornadas frías y lluviosas del invierno.
Aunque actualmente es considerada un símbolo de la cocina chilena, sus antecedentes se remontan fuera del país. De acuerdo con el historiador Eugenio Pereira Salas, la sopaipilla deriva de la “sopaipa” árabe-española y habría llegado al territorio nacional durante la época colonial, introducida por los españoles.
Uno de los primeros registros escritos de esta preparación en Chile corresponde a un documento de 1726, donde se menciona “un pan en forma de sopaipilla”. Con el paso del tiempo, la receta fue adaptada con ingredientes y costumbres locales hasta convertirse en parte de la identidad culinaria del país.
Una de las transformaciones más características fue la incorporación de la chancaca, dando origen a las tradicionales sopaipillas pasadas, bañadas en una preparación caliente que suele incluir canela y cáscara de naranja. Según Pereira Salas, este acompañamiento fue una innovación desarrollada en América.
Saladas o dulces, con mostaza, pebre o chancaca, las sopaipillas forman parte de recuerdos familiares, tardes de lluvia y encuentros alrededor de la mesa. Su bajo costo, preparación sencilla y variedad de acompañamientos han permitido que permanezca vigente por generaciones, tanto en los hogares como en los tradicionales carros callejeros.
Así, cada 10 de julio, Chile celebra mucho más que una masa frita: reconoce una preparación que atravesó siglos, incorporó sabores locales y logró transformarse en una tradición capaz de reunir al país alrededor de un plato caliente.






