Muchas veces hemos sabido de diversas desgracias, todas ajenas, que impactan a los seres humanos que nos rodean, de las más variadas formas y situaciones.
Entre muchas otras encontramos desastres naturales de todo tipo, que golpean fuertemente a las comunidades, dependiendo del lugar y extensión de las mismas. Se suman las derivadas de situaciones originadas en el accionar de la delincuencia, que como se comprueba a través de los medios de comunicación social, ocurren a diario.
Las anteriores se ven complementadas, entre muchas otras situaciones, por enfermedades catastróficas, accidentes y dificultades económicas. Cuando ocurren, cualesquiera sean ellas, lamentamos al enterarnos que hayan sucedido y sentimos, como es natural en el ser humano, pena por la desgracia ajena, sintiendo además en la mayoría de las veces, un mal disimulado alivio
por no haber sido nosotros quienes las sufriéramos.
Se puede asumir que parte importante de las desgracias enunciadas, son en gran medida inevitables, siendo un ejemplo de ellas los desastres naturales, que nos golpean periódicamente y ante los cuales normalmente se es impotente.
Ahora bien, el tema es mucho más profundo, ya que parecemos adormecernos cuando las desgracias no nos impactan en lo personal, en especial al ser provenientes de la delincuencia.
La pena por la desgracia ajena no sirve de mucho ante hechos ya ocurridos, ya que es, evidentemente muy probable, que vuelvan a ocurrir, como día a día lo comprobamos. Hay que asumir que las desgracias ajenas también nos son propias, pues alteran nuestra convivencia, afectan nuestra seguridad y nos obligan a permanecer alerta y en constante preocupación. Debemos entonces dejar de asumir que el problema no existirá hasta que nos ocurra a nosotros y sintamos la desgracia de ser el blanco de la delincuencia, tenemos que comprender que enfrentarse a ella es un problema de prioridad absoluta.
Tenemos entonces entender que se deben apoyar las medidas que se adopten para contrarrestarla, que debemos ser absolutamente solidarios, apoyándonos en lo posible, sin llegar a ejercer justicia con propia mano, ya que ello nos pone a la misma altura de la delincuencia.
Este tipo de desgracia nunca es ajena, ya que afectan la sociedad en la cual vivimos, sin contar que además podríamos ser, aunque no lo queramos, víctimas de ella.
No más desgracia ajena en términos del accionar delincuencial, es nuestra, sin duda alguna, o al menos eso pienso.