Hay partidas que llegan de golpe y nos dejan frente al silencio de lo que ya no alcanzamos a decir. La reciente muerte de una querida amiga me dejó esa sensación. Más allá del diagnóstico, lo que queda es que incluso las personas más luminosas cargan a veces con dolores o cansancios que no logran compartir.
Era una profesional de excepción. Tenía afectos, hijos, conversación interesante y una sonrisa que podía llenar una habitación. Pero reservó sus etapas difíciles. Cuando evitamos mostrar fragilidad, el dolor puede volverse un lugar muy solitario.
Preguntamos “¿cómo estás?” por costumbre, como señal de educación, porque no nos enseñaron a esperar la respuesta. En una época que celebra el éxito individual y la resiliencia, a veces confundimos fortaleza con silencio y autosuficiencia con distancia. Nadie nos prepara para mirar detrás del “todo bien”, ni a preguntar de verdad cuando la vida aún nos da tiempo.
El recuerdo de los atributos que la adornaban alivia la ausencia, pero ignorar que el dolor a veces se lleva en silencio puede perpetuar la soledad. Los agobiados no necesitan que resolvamos su vida; necesitan saber que tienen un refugio mientras duele. Ni el más valiente ni el más capaz tiene que poder con todo.
Acompañar no es invadir, preguntar no es molestar. Estar presentes no exige grandes discursos ni dinero. A veces basta con quedarse, escuchar sin juzgar y estar disponible.
A mi amiga la despidió mucha gente. Y como suele ocurrir en este tiempo, queda la sensación de que en la vida necesitamos menos multitud y más presencia. Su partida no es solo una tristeza, sino un recordatorio: no siempre podemos mitigar el dolor ajeno, pero sí podemos evitar que deba enfrentarse en soledad.






