La publicación de la Ley 21.827, Escuelas Protegidas, abre una discusión necesaria sobre qué condiciones debemos garantizar para que nuestros niños, niñas y jóvenes puedan aprender. La respuesta de nuestro Gobierno es clara: la seguridad no compite con la educación; es una condición indispensable para que ella ocurra.
En las últimas semanas hemos escuchado críticas que califican estas medidas como una forma de estigmatizar o criminalizar a los estudiantes. Es legítimo debatir, pero también debemos mirar esta discusión con sentido común.
Como sociedad aceptamos que al ingresar a un estadio, un recital o determinados recintos públicos y privados, nuestras pertenencias puedan ser revisadas. Esto, porque entendemos que existen normas de seguridad destinadas a proteger a quienes comparten esos espacios, entonces, ¿por qué habríamos de considerar ofensivo que una comunidad educativa pueda acordar resguardos preventivos para proteger un lugar tan importante como la escuela?
Escuelas Protegidas no establece una sospecha general sobre nuestros estudiantes. La revisión de mochilas no es obligatoria para todos, tampoco se autoriza revisiones corporales. La ley permite que cada comunidad incorpore estas herramientas en su reglamento interno, con procedimientos definidos y respeto a la privacidad, la honra, la igualdad y el debido proceso. Es decir, entrega facultades, pero también fija límites.
La intención es que toda la comunidad educativa pueda compartir un objetivo básico: que la violencia no interrumpa el derecho a enseñar ni el derecho a aprender.
Y no podemos reducir esta política a una mochila. La ley fortalece la autoridad pedagógica, permite respuestas correctivas y promueve la gestión colaborativa de los conflictos.
En O’Higgins queremos comunidades educativas donde exista diálogo, inclusión y apoyo, pero también reglas claras y autoridad. Proteger no es criminalizar. Prevenir no es estigmatizar. Establecer límites razonables es asumir una responsabilidad que, durante mucho tiempo, los establecimientos han enfrentado sin suficientes herramientas.
La escuela debe volver a ser ese espacio donde la principal preocupación de un estudiante sea aprender y desarrollar sus capacidades. Si somos capaces de aceptar normas para sentirnos seguros en espacios donde interactuamos socialmente, con mayor razón debemos ser capaces de construirlas juntos allí donde se juega el futuro de nuestros niños, niñas y jóvenes.






