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Columnas de Opinión

El miedo a los otros

JUEVES, 13 DE AGOSTO DE 2026


Hace pocos días se escribió en este diario que “El infortunio es que los tales migrantes son islamitas…

Quien opina así tiene derecho a hacerlo y los demás a disentir. La cita refleja un temor ancestral: que el extraño corrompa lo propio. Las culturas no se adoptan por imposición, sino que se enriquecen en el intercambio. Nadie nace con una cultura estática; todas son mestizas, fruto de siglos de cruces. El Islam medieval reintrodujo en Europa a los filósofos griegos y aportó fuertemente en el álgebra y la astronomía.

Lamentar que un inmigrante abrace el islam no es defender la identidad, sino negar la libertad más básica: la de creer o vivir según la propia conciencia. El Estado laico no debe valorar la peligrosidad de una persona por su religión, sino garantizar que todas coexistan en igualdad. Una sociedad libre no exige uniformidad, sino respeto mutuo.

El problema no es que los migrantes conserven sus costumbres, sino que tratemos esa conservación como una amenaza. La integración no es sumisión; es un diálogo donde ambas partes se transforman. El laicismo no significa borrar las diferencias religiosas, sino garantizar que no determinen el reconocimiento y ejercicio de derechos.

Regular la migración es indispensable. Pero hacerlo desde el pánico cultural o la sospecha religiosa se aparta de los principios del Estado democrático. Organizar la vida sin interferencia estatal, es fundamento de toda República. No discriminemos la práctica de ninguna religión: construyamos escuelas laicas, espacios de encuentro y leyes que protejan a todos por igual.

La verdadera invasión no es de personas, sino de intolerancia. La respuesta no puede ser más prejuicio, sino más libertad y más diálogo. Una nación no se defiende cerrando puertas, sino abriendo el espíritu.


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