El juramento a la bandera es, sin lugar a dudas, el rito castrense más simbólico, profundo y trascendental en la vida de formación de un soldado. Se trata de un acto de entrega absoluta que suele resultar plenamente comprensible solo para aquellos ciudadanos que han cumplido con la ley de reclutamiento militar, experimentando en carne propia el rigor y la mística del cuartel.
Es en esa estricta e íntima instancia formativa donde se forja, de manera inquebrantable, el temple y la férrea voluntad de servir a la patria; una promesa que desdibuja los miedos y establece el sagrado deber de acudir a su defensa ya sea en el mar, en la tierra o en cualquier rincón del territorio, incluso hasta rendir la vida si fuese necesario.
Cada año, esta solemne ceremonia evoca con fuerza sobrecogedora la memoria de los 77 jóvenes héroes que, en plena ocupación del Perú en la Sierra, defendieron su puesto a costa de su propia existencia durante el histórico Combate de La Concepción. Aquel rincón andino fue testigo del acto más glorioso y dramático de nuestra historia militar, protagonizado por el joven teniente Luis Cruz Martínez. Con apenas 16 años de edad, herido y cercado por las fuerzas adversarias, se negó rotundamente a la rendición. En un último suspiro de coraje, ordenó cargar bayoneta y corrió directo al encuentro de la gloria eterna junto a los últimos cinco soldados que le acompañaban, entregando literalmente sus vidas por el honor de la nación.
Fue precisamente bajo ese denso ambiente de patriotismo místico que la Plaza de Armas de San Fernando se vistió de gala y solemnidad. Frente al busto que rinde tributo a la memoria del capitán Ignacio Carrera Pinto, los herederos de aquella tradición sellaron su propio destino. En una impecable formación, dos suboficiales y 120 soldados pertenecientes al histórico Regimiento Colchagua levantaron su mano derecha y, con una voz firme que retumbó en el centro cívico, pronunciaron el sagrado juramento ante el pabellón nacional.
El emotivo encuentro contó con la presencia de altas autoridades civiles y uniformadas de la provincia, pero fueron los rostros de los familiares los que otorgaron el marco más humano a la jornada. Testigos presenciales del quiebre de voz y el brillo en los ojos de los jóvenes reclutas, madres, padres y hermanos presenciaron cómo aquellos ciudadanos se transformaban definitivamente en custodios de la soberanía.
Al concluir las descargas de reglamento y el respectivo desfile, San Fernando no solo ratificó su respeto por la historia, sino que sumó 122 nuevos corazones dispuestos a darlo todo por Chile, manteniendo viva la llama eterna de los héroes de la Sierra.






