Cuenta la historia que cuando don Aníbal Pinto dejó la Presidencia de la República, luego de haber ganado la Guerra del Pacífico, su situación económica era tan mala que un grupo de sus amigos reunió una suma de dinero privado para pagarle la hipoteca de su casa, que amenazaba salir a remate, y permitirle vivir en paz.
La misma historia nos dice que Germán Riesco, el único rancagüino que se ha sentado en el sillón de O’Higgins, gustaba de ir al Teatro Municipal, donde tenía el palco presidencial a su disposición, y que cuando iba con sus hijos, exigía pagar la entrada que correspondía a cada uno de ellos, porque afirmaba que no podían gozar de la gratuidad que su cargo le confería solo a él.
Esa era la probidad pública, en que se servía al país, en que el mandatario era un servidor, en que la dignidad, la verdadera, prohibía valerse de lo ajeno.
Los días que corren muestran una desoladora voracidad por apropiarse de todo lo público, de disfrutar de los privilegios, no solo en provecho del que detenta el cargo, sino que de sus parientes, sus amigos, sus compinches, sin limitación. Las licencias médicas falsas con que miles de empleados públicos roban dinero fiscal, las infinitas horas extraordinarias que disfrutan muchos funcionarios, que deberían trabajar 16 horas diarias para justificarlas, la cónyuge, la amante, los hijos, los cuñados, todos con cargos públicos, bien remunerados, muchos injustificados. “El que no afana es un gil”, nos enseña el tango Cambalache. Esto luce especialmente en los miles de millones entregados a fundaciones truchas, a corporaciones de papel, que se apropiaron de sumas enormes, ilegalmente, sin que veamos en la cárcel a sus autores.
Pero, lo que nos ha llevado a un clímax de asombro, ha sido enterarnos que el Jefe del Estado, que deja el país altamente endeudado, con un presupuesto nacional con un elevado déficit, con la economía paralizada, recibió un “bono de cumplimiento de gestión” por diez millones de pesos. Por supuesto lo recibió sin regaño. El mismo se marcha con una pensión de 17 millones de pesos mensuales, a los cuarenta años, mientras miles de ancianos ganan pensiones miserables. ¿Dónde quedó el discurso de la “superioridad moral” de los hoy gobernantes? Dice el refranero popular: “la supieron hacer”.
¿Dónde quedó la probidad pública?






