El domingo 25 de diciembre, luego de haber disfrutado una maravillosa Nochebuena en familia, encaminé mis pasos hacia el Cristo de la Hacienda, para presentarle mi saludo de cumpleaños.
Avancé por el camino rural, oyendo el rumor del agua en la acequia, los trinos de las avecitas, algún lejano mugido, en una mañana bañada de sol, en que la naturaleza mostraba sus más bellas prendas.
Sabía que no iba solo, percibía con los oídos del alma, los suaves pasos de mi madre, siempre tan frágiles, y los más sólidos de mi padre, ambos invisibles, pero más presentes que nunca. Claro, si anoche se me asomaron con sus rostros sonrientes y sus muecas de complicidad, siempre juntos, tras las penumbras de la ventana, mientras cenaba con mi familia y sentía la nostalgia de su ausencia física. Les sonreí, les envié un beso, y se esfumaron, contentos. Ahora, vienen conmigo, a saludar al recién nacido.
Llegamos al austero recinto en que Jesús se muestra crucificado, en el suplicio de su muerte. Su rostro muestra todas las angustias y dolores que se pueden sufrir en la cruz, tortura aceptada por él para redimir a la humanidad.
Hablamos con dulzura, expresándole nuestro saludo en su cumpleaños, bendiciéndolo, agradeciendo su mensaje de amor que cambió el mundo, estirándole nuestros brazos en un gesto de amor enorme. Mi voz tenía un suave, dulce eco, las voces de ellos, mis amados acompañantes, que susurraban sus propios saludos.
Era muy grata la sensación que experimentábamos, se unían la fresca brisa, esa palma que se alza al cielo como una verde estrella de Belén, las muestras de devoción popular, reflejada en velas ardientes, flores y otros bellos obsequios.
Sonrió en medio de su suplicio, sus ojos calaron mi alma, algo inmenso y bienhechor sentí en mi ser.
Me volví a casa canturreando bellas canciones y villancicos, mientras imágenes nostálgicas de mi niñez se asomaban, como un caleidoscopio, en mi mente y en mi corazón.
De pronto, sus pasos suaves cesaron, debían regresar, una suave brisa rozó mi rostro, eran los dulces labios de mi madre, besándome, como antaño, y mi espalda sintió, nítidamente, el palmoteo que esas manos paternales me prodigaban, cuando me despedían deseándome suerte.
La mañana de Navidad es proclive para gozar de estos momentos mágicos, le agradecí al Cristo de la Hacienda este milagro, y seguí canturreando de vuelta a mi hogar.
Mario Barrientos Ossa
Abogado
Magister en Derecho U. de Chile





