Señor director,
Vivimos en una paradoja. Estamos en sociedades cada vez más conectadas, pero también más solitarias. Sabemos lo que ocurre a kilómetros de distancia, pero muchas veces no miramos a quien tenemos al lado. Y cuando una sociedad pierde la capacidad de mirar al otro, también pierde el rumbo de la solidaridad.
El Padre Alberto Hurtado nos dejó una pregunta que sigue plenamente vigente: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”. Una pregunta que nos invita no solo a dar, sino también a comprometernos, a involucrarnos y a reconocer que nuestras decisiones pueden transformar la vida de quienes nos rodean.
Ser solidario no puede reducirse a participar en una colecta, entregar una donación o repartir un café. Todos esos gestos son valiosos, pero no deberían hacernos sentir que con ellos ya cumplimos nuestra cuota de solidaridad.
La solidaridad es mucho más. Es mirar, escuchar, acompañar y hacerse cargo. Es entregar tiempo, atención y compromiso; es no acostumbrarnos a la pobreza, la soledad o la exclusión. Es preguntarnos qué podemos hacer para transformar, y no solamente aliviar, las realidades que nos duelen. Es comprender que ayudar no basta si no somos capaces de preguntarnos por las causas de aquello que intentamos solucionar. La solidaridad también implica construir una sociedad más justa, donde nadie quede atrás ni sea invisible.
Quizás hoy necesitamos volver a la esencia del llamado del Padre Hurtado: no conformarnos con dar algo, sino también estar dispuestos a entregarnos a los demás.






