La salud pública tiene una característica que la diferencia de casi cualquier otro servicio del Estado: no puede detenerse. Los hospitales permanecen abiertos las 24 horas del día, los siete días de la semana, incluso cuando los recursos no alcanzan. Esa continuidad, que muchas veces damos por sentada, depende de miles de trabajadores que encuentran la forma de seguir respondiendo aun en escenarios cada vez más complejos.
Por eso, cuando el presupuesto destinado a salud resulta insuficiente, el problema no desaparece. Simplemente se traslada. Se posterga la reposición de equipamiento, se retrasan inversiones, aumentan las listas de espera y los equipos deben absorber una presión creciente para mantener la atención funcionando.
Lo que hoy ocurre en el servicio de esterilización del Hospital Franco Ravera Zunino es una muestra concreta de esa realidad. La falta del equipamiento necesario ha obligado a sus funcionarios a redoblar esfuerzos para sostener la actividad quirúrgica y evitar que los pacientes sean quienes paguen las consecuencias. Sin embargo, ninguna institución puede depender indefinidamente de la buena voluntad y del compromiso de quienes trabajan en ella.
En pleno invierno, cuando la demanda asistencial aumenta y la red enfrenta uno de los períodos más exigentes del año, el país necesita fortalecer su sistema de salud, no exigirle aún más a quienes ya lo sostienen. La vocación y el profesionalismo de los equipos son un patrimonio invaluable, pero nunca pueden convertirse en la respuesta permanente frente al déficit presupuestario. Garantizar una salud pública oportuna y segura requiere decisiones políticas acordes con esa responsabilidad.






