Luego de la Revolución Industrial, año tras año acumulamos innovación, progreso y desarrollo: desde la alta producción fabril hasta los productos que responden a la lógica del capitalismo, el bienestar y el consumo. Paradójicamente, esta aceleración nos ha alejado de algo esencial. Los antiguos, como los concebía Arendt, mantenían una conexión profunda con el mundo: explicaban el porqué de las cosas, respondían las preguntas de lo natural y entendían que lo humano no es artificio, sino condición. La vita activa no se reducía a producir; exigía actuar y hablar entre iguales en un espacio público genuino.
A medida que avanzaron las civilizaciones, ese vínculo fue cediendo terreno. El auge de la lógica instrumental del homo faber —fabricar el mundo como quien construye una máquina— terminó colonizando la política misma. La acción colectiva fue reemplazada por gestión técnica; el ciudadano, por el consumidor. Arendt cerraba La condición humana con una advertencia que resuena hoy: “La Época Moderna —que comenzó con una explosión de actividad humana tan prometedora y sin precedente— acabe en la pasividad más mortal y estéril de todas las conocidas por la historia” (p. 346).
Hoy la disputa geopolítica entre China y Estados Unidos no se libra en parlamentos ni plazas públicas: se decide en chips, algoritmos y modelos de inteligencia artificial. La IA no delibera, no perdona ni promete —las tres categorías políticas centrales de Arendt— simplemente optimiza. Cuando las decisiones colectivas las procesa un algoritmo, el espacio de aparición ciudadana se contrae hasta desaparecer.
La modernidad nos hizo más productivos. La pregunta urgente es si la inteligencia artificial nos hará definitivamente prescindibles como seres políticos.






