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Columnas de Opinión

El espejismo de las identidades

VIERNES, 24 DE ABRIL DE 2026


Las identidades colectivas son construcciones históricas plagadas de errores. Pero son engaños útiles: nos permiten colaborar, organizarnos y encontrar sentido.

Nuestras identidades nos dan sentido, pero son herramientas que podemos cambiar, no murallas. El chileno no es una esencia ni un gen; es un hábito, un territorio accidentado, una historia de fracasos y pequeños acuerdos sobre si merece la pena seguir cooperando bajo reglas comunes.

El estallido social de 2019 fue tan complejo que creímos que la solución era cambiar la Constitución, al atribuirle la memoria de la dictadura: desigualdad como estructura, no como accidente.

Pero la pulsión por imponer una visión única pudo más. Tanto la izquierda como la derecha cayeron en la trampa de creer que nosotros encarnamos el bien y los otros son malvados o mezquinos.

Este país, que supuestamente se cae a pedazos, eligió dos veces el camino de la moderación, que es virtud política en una sociedad plural.

Pero hoy el discurso de la seguridad se impone y demoniza: al pobre, al migrante, al que piensa distinto, sin advertir que mientras más estigmatizamos al otro, más lo empujamos a la marginalidad. Sin darnos tiempo de aprender a vivir con el diferente. Sin tolerancia, sin un humanismo modesto de seres falibles, que al igual que un jardín nunca termina de florecer y no por eso deja de ser cultivado, no podremos advertir que no existe pacto social definitivo, ni identidad pura. Lo que existe es el trabajo cotidiano, imperfecto y revisable, de construir reglas comunes que nos permitan vivir sin aniquilarnos.

La belleza no está en la ausencia de maleza, sino en la voluntad de seguir cultivando a pesar de todo.


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