Como seres humanos, somos imperfectos, y siendo un mandato inherente a nuestra racionalidad superar nuestras debilidades, el camino a la perfección es el que estamos llamando a recorrer, sin limitación ni excusa alguna.
Durante los millones de años que hemos sido modelados por la evolución, hemos recorrido instintivamente un camino a la perfección, propio de nuestra animalidad, la cual hemos ido dejando atrás, milenio a milenio. Bajamos de los árboles, aprendimos a caminar, a comunicar nuestras ideas con sonidos armoniosos, a explotar el medio ambiente en nuestro provecho, a superar nuestras fuerzas montados en caballos, sobre carros, navegando en naves por los mares, a vencer la crueldad, a organizarnos en sistemas sociales cada vez más humanos.
Hoy, el camino a la perfección es netamente racional, fruto de que sabemos quiénes somos, de dónde venimos, el universo del que formamos parte, la necesidad de ser, como personas, cada día mejores.
Hoy, el camino a la perfección es nuestro mandato, no podemos abandonarlo, podemos dejar cualquiera otro, pero jamás el que nos conduce a brillar como las estrellas.
Y esto es meritorio, porque es más cómodo el sendero rupestre de la conformidad, del sobrevivir sin hacer nada útil, del dejar pasar el tiempo como el agua entre los dedos, de cerrar nuestros ojos a nuestras limitaciones.
El camino a la perfección se hace día a día, llevados de la mano por la autodisciplina, con el afán certero de ser mejores, como seres humanos, como personas, como animales racionales.
El mandato resuena en nuestra alma: adelante, siempre adelante, por el camino a la perfección.






