La rebelión de las hojas muertas

Publicado el 11 diciembre, 2018 Por Columna de Opinión

Las palabras hablan más de lo que ellas, como entidades vivas, muchas veces quieren decir. Se acepta que el lenguaje es metafórico, esa condición refuerza el largo alcance que las señaladas entidades verbales tienen. El de imaginar tenemos, también hurgar, explorar, y decir. De la observación nacen las teorías, de vivir la realidad, de allí […]

Las palabras hablan más de lo que ellas, como entidades vivas, muchas veces quieren decir. Se acepta que el lenguaje es metafórico, esa condición refuerza el largo alcance que las señaladas entidades verbales tienen. El de imaginar tenemos, también hurgar, explorar, y decir.

De la observación nacen las teorías, de vivir la realidad, de allí el pensamiento articulado. Así, es posible vivir orientados en un mundo cuyo orden es el caos. Ignoramos todavía más de lo que sabemos. Desde milenios se viene tras la pesquisa de las grandes leyes universales, y siempre parece que el mundo, el cosmos, la realidad se escapan, son más anchos y ajenos. Se vive en el filo, en la frontera de la aproximación. No logramos dar con el origen del suceder o, con el origen del origen.

¿Qué Dios lo hizo todo o ninguno creó nada? Quizás si el mayor invento humano sea la creación de ese Dios, y cada cual tenga el suyo propio.

¿De qué cumpleaños hablamos si lo que hacemos es vivir, suceder en el tiempo sin mensura?  Y ¡cuidado! que un año más es un año menos. Simplemente somos seres que sucedemos.

La mayor, la más clara, la más decisiva ley que explica lo que sucede es aquella del movimiento, justamente la ley del suceder; es el supremo intrínseco mandato mutagénico de la naturaleza, que afirma y contradice. (Y en política ‘mutatis mutandis’: cambiar lo que haya que cambiar).

Así, en el devenir de las cosas y de la vida, hallamos cuando no buscamos; ganamos cuando no debemos; aprendemos cuando enseñamos. En lo simple de la vida humana y de todos los seres existentes, en lo aparente insignificante están las grandes, las mayores verdades, la raíz y el sentido de aquellas universales leyes.

Nada más vital que un arraigado bosque natural milenario, estremecidas por el viento y lluvia de la australidad sus hojas, suprema y más limpia expresión de la pureza.

Dar por muertas las hojas caídas es negación ecológica. La rebelión de las hojas muertas es seguir generando vida en el permanente acto de la transformación, suprema ley biológica.

Carlos Poblete Ávila

Profesor de Estado

 

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