Pecado social   

Publicado el 22 octubre, 2019 Por Columna de Opinión

Nuestro país, a quien alguien muy altisonante y ególatra había proclamado como “un oasis en América”, demostró que tal nomenclatura no le gusta y prefirió pasar a ser “la tierra cavernaria” de América. La violencia desatada por una horda de cavernarios, delincuentes, ladrones y vándalos, a quienes los estultos llaman con reverencia “la calle”, oscura […]

Nuestro país, a quien alguien muy altisonante y ególatra había proclamado como “un oasis en América”, demostró que tal nomenclatura no le gusta y prefirió pasar a ser “la tierra cavernaria” de América.

La violencia desatada por una horda de cavernarios, delincuentes, ladrones y vándalos, a quienes los estultos llaman con reverencia “la calle”, oscura denominación que no se sabe que significa, demostró que nuestra cultura es un simple barniz, susceptible de desaparecer en cualquier instante.

Vimos con no poca sorpresa que una empresa estatal, como es el Metro, fue devastada, no se sabe por qué, porque nadie puede pensar que la tarifa se mantenga invariable, debe inevitablemente subir; observamos el descaro con que fueron robadas tiendas comerciales a ciencia y paciencia de todo el mundo, de las cámaras de televisión, subiendo mercancías robadas a automóviles y camionetas; quedamos muy sorprendidos contemplando el pillaje y las barricadas en ciudades, incluso Rancagua, en que el Metro no existe, por  lo cual quedó  la vista que el pretexto de los desmanes no era tal. Una turba frenética robó, incendió, renunció a la civilización, destruyendo no solo bienes materiales, si no que algo mucho más preciado: la convivencia democrática.

Más que los escombros materiales de la destrucción animal que debimos soportar, quedaron los restos malolientes de una democracia fallida, pues si algo caracteriza a este régimen, es que sea aceptado de buena fe, y no por meras modalidades. Lo que vimos en estos días fue una demostración que tal buena fe era una pompa de jabón, que se disolvió sin pena ni gloria. Robar, destruir, incendiar, insultar, es la antítesis de toda democracia.

Lo vivido es un terrible pecado social.

Una pena enorme agobia nuestros corazones en estos días. ¿Tan mal hemos llevado las cosas, como para cosechar este espanto? ¿Este país bananero, de vándalos, de delincuentes, es nuestra patria?

Sin perjuicio de rechazar de la manera más categórica lo acontecido, nos queda la dolorosa sensación que nuestra patria se va esfumando, y en su lugar, vemos surgir un oscuro pantano, sucio y hediondo, donde no es grato vivir.

Mario Barrientos Ossa.

Abogado.

Magister en Derecho U. de Chile.

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