Para que conste

Publicado el 2 febrero, 2018 Por Columna de Opinión

Enterado por un matinal de la televisión me enteré que el asesino de una estudiante que tuve en una universidad, por el año 2007, salió en libertad. Se trató de un homicidio con un ensañamiento increíble, con una crueldad tan excesiva, como innecesaria, atar y seguir vejando a la víctima es de una maldad químicamente […]

Enterado por un matinal de la televisión me enteré que el asesino de una estudiante que tuve en una universidad, por el año 2007, salió en libertad. Se trató de un homicidio con un ensañamiento increíble, con una crueldad tan excesiva, como innecesaria, atar y seguir vejando a la víctima es de una maldad químicamente pura.  Me refiero al llamado por la prensa como el “psicópata del pincel”, Antonio Carvajal.

A la víctima, María Isabel Pérez Aravena, le enseñaba “Sociología de la Educación” en la carrera de Educación Básica, me pareció que tenía muchas condiciones para esa profesión, pues era una chiquilla responsable y de gran compromiso. Tal como dice el Evangelio: “por sus frutos los conoceréis”.

Y así la vi vivir ese primer semestre en que la conocí, como buena evangélica seguidora de su maestro, como lo demostraba la dulzura de su carácter y su generosidad con sus compañeras a las que ayudaba en sus trabajos. El segundo semestre de ese año, ya no volvió más a apoyar a sus compañeras.

El asesino privó a nuestra sociedad chilena de una buena profesional y de una excelente persona. Ninguna clase de duda de que si hubiese casado habría sido una esposa y madre impecable. Por eso duele que una vida valiosa y muy promisoria sea segada por mano infame, el dolor y la ira vuelven a parecer en el recuerdo. Sólo me conforta saber que María Isabel goza de la presencia de nuestro Salvador.

Pero escribo esto, para que conste. Para que conste que a un delincuente se le aplicó una pena de cárcel por un juez y quizá si la pena fue confirmada por un tribunal superior, pero una comisión posterior la rebajó incluso a una cifra menor a la mitad. ¿Está tan rico nuestro país que nos podemos permitir una justicia de simulacro, con edificios y funcionarios, y en que la verdadera pena se aplique tras bambalinas?, ¿será posible sincerarlo?  Mientras tanto, otros consideran que los delincuentes viven en condiciones tan espantosas y casi sin derechos que deben ser unos de los principales grupos de interés de las políticas públicas.

Estas líneas son sólo para que conste que me violenta mucho saber que el asesino de mi estudiante ya no permanece en la cárcel.

 

Académico de la  Universidad Central, Rodrigo Larraín.

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