El cielo es el límite

Publicado el 16 Marzo, 2017 Por Columna de Opinión

En la antigua Grecia, pensadores como Teofrasto, Anstóxeno, Sátiro, Eudemo, Estratón y Andrónico, llegaron a Atenas desde lugares lejanos, como Lesbos, Tarento, Calatis, Lámpsaco y Rodas, para reflexionar con Aristóteles, también venido de lejos. Éste, luego de haber creado el Liceo ateniense en un gimnasio ubicado al lado del templo de Apolo, fundó su escuela […]

En la antigua Grecia, pensadores como Teofrasto, Anstóxeno, Sátiro, Eudemo, Estratón y Andrónico, llegaron a Atenas desde lugares lejanos, como Lesbos, Tarento, Calatis, Lámpsaco y Rodas, para reflexionar con Aristóteles, también venido de lejos. Éste, luego de haber creado el Liceo ateniense en un gimnasio ubicado al lado del templo de Apolo, fundó su escuela del pensamiento usando como infraestructura un largo corredor que recorría el galpón en que funcionaba el Liceo. Las clases eran impartidas bajo el pórtico y, cuando el clima lo permitía, en el jardín adyacente. Eran clases peripatéticas, es decir, itinerantes. A falta de aulas, Aristóteles y sus discípulos caminaban mientras ejercitaban sus intelectos en la creación de postulados filosóficos y conocimientos científicos.

La Escuela floreció mientras Aristóteles y sus discípulos tiritaban bajo el corredor que recibía el viento frío y la lluvia del Mediterráneo, o mientras sus cuerpos sudorosos despedían efluvios macedónicos pese a la frescura de la sombra de los enramados que habían construido el maestro y sus discípulos en un sector del jardín. Estos antepasados ilustres de nuestras ramadas, como su nombre lo indica, eran de ramas. Las bases de la cultura occidental y parte importante de la oriental nacieron, pues, bajo la madera. La historia no registra quejas por la infraestructura de la Escuela Peripatética. De hecho, Heródoto ni la menciona.

Otros inicios de la literatura, la filosofía y la ciencia ocurrieron sobre facilidades todavía menos sólidas. La Universidad de Paris, una de las más antiguas de Europa —-con Bolonia y Montpellier—-, nació a comienzos del siglo XIII bajo el antiguo portón Garland de la ciudad luz. Convertida más tarde en La Sorbonne, su nombre viene de los fardos de paja que usaban sus primeros estudiantes para sentarse.  Al comienzo, las clases eran impartidas al aire libre, y sólo muchos años más tarde empezaron a ser dictadas en el primer piso de fondas, de las que tomaron sus nombres: Escuela del Caballo Rojo, Escuela del Águila de Oro. Las precarias habitaciones de los pisos superiores eran arrendadas por períodos de un año para alojar a maestros y estudiantes.

Dante Alighieri escribió y dio clases allí en 1304. Jean Buridan contribuyó a la escolástica y el escepticismo europeo hacia 1330. Pierre y Marie Curie, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, René Descartes, Louis Pasteur, Antoine Lavoisier, Víctor Hugo y muchos otros, desarrollaron sus intelectos y sus obras, y formaron discípulos, en La Sorbonne. Fardos y fondas. Ninguno se quejó.

 

 

Guillermo Ramírez Rebolledo

Secretario General

Universidad de O’Higgins

Noticias Relacionadas

Columnas 21 Abril, 2017

[OPINIÓN]: ¡Llévame contigo!

Columnas 20 Abril, 2017

“El Corralito de la salud”