Deng Tsiao Ping, un enano en lo físico, un gigante en su calidad de estadista, elevó a China desde la ruina en que la dejó la Revolución Cultural a su actual estatus de gran potencia y de ser la segunda economía mundial, merced a una conveniente mezcla de Estado y mercado, lo que llamó con el curioso nombre de “socialismo de mercado”. El lucro capitalista no le causaba asco alguno. Cuando se le reprochaba esta conducta, contradictoria con la ideología comunista, contestaba con una frase para el bronce: “A mí no me importa si el gato es blanco o es negro, solo me interesa que cace ratones”. Su meta era el desarrollo de su patria, no el ideologismo exacerbado. La historia le está dando la razón.
En nuestro país, carente de gigantes como el gran líder chino, vivimos en estos días intentando mejorar la mediocre educación pública, sobre la base de una discusión centrada en el lucro, como si todo el secreto estuviera allí. Queda la sensación de que si el lucro desapareciera del ámbito educacional, tendríamos automáticamente una educación de excelencia, que es lo que buscamos, o se supone que deberíamos buscar. Una vez más, nos agotamos en un ideologismo estéril, de forma, y no en la busca de la solución real, que es de fondo.
Lo que verdaderamente debe preocuparnos y motivarnos es que la educación chilena sea de primer nivel, que permita darle a nuestro pueblo la posibilidad concreta de desarrollar el talento al máximo, de producir sin límite alguno, la mercadería más codiciada e indispensable para un porvenir brillante: la inteligencia humana. Todo lo demás, es música, chatura mental, cobardía de no decir la verdad: que el problema no está en que haya o no lucro, sino en que haya, realmente, calidad, excelencia. Y para alcanzar esa meta necesitamos a todos, los que trabajan con y sin lucro, todos son necesarios.
Desde mi punto de vista, no veo dificultad alguna en que haya lucro en la educación, si nos conduce a la meta que aspiramos y necesitamos con verdadera urgencia: que sea de calidad.
El tema no está en que tengamos una chata educación gratuita, sino en financiar una educación de excelencia a quienes no pueden pagarla, que es cuento aparte. Siempre habrá dinero y procedimientos para ello.
Me quedo con el líder chino, y parafraseándolo, grito a todo pulmón: “A mí no me importa si hay o no lucro en la educación, solo me importa que sea excelente y al alcance de todos”. Y punto.
Mario Barrientos Ossa
Abogado
Magister en Derecho Universidad de Chile





