El 11 de julio de 1971, con el voto unánime del Parlamento, siendo Presidente Salvador Allende, se aprobó una reforma a la Constitución de 1925, agregándole varias disposiciones transitorias, en cuya virtud la Gran Minería del Cobre fue estatizada, pasando su dominio al Estado. Los partidos de derecha votaron a favor.
Recordemos que en la Presidencia Frei Montalva, se había avanzado en la materia, con la llamada “chilenización”, adquiriéndose el 51% de las empresas, iniciándose el camino hacia la estatización, por lo cual el traspaso de la totalidad de su dominio al Estado, fue el paso siguiente en un camino ya iniciado por el protagonista principal: el pueblo de Chile. Allende tuvo un rol importante, pero no era el padre de la criatura, esta ya caminaba.
Durante el gobierno militar que encabezó don Augusto Pinochet Ugarte, a su vez, se dictó el D.L. Nº1.167, que consolidó la estatización, extendiéndola a las concesiones mineras que no estaban aún en producción, las que no fueron consideradas en la reforma constitucional. Dichos yacimientos también quedaron amparados por el “paraguas constitucional”.
Esta normativa trascendental hizo posible que hoy, por ejemplo, los nuevos yacimientos de la División Codelco Norte, sean estatales y no hayan sido privatizados, lo que con la legislación de 1971, habría sido legalmente posible. El Gobierno Militar, entonces, consolidó el proceso de estatización.
El ciclo se completó en 1976, con la dictación del D.L. Nº1.350, que fusionó a las sociedades colectivas del Estado en la Corporación Nacional del Cobre de Chile, una de las empresas cupríferas más grandes del mundo y la empresa más gravitante de nuestro país. Otra obra magna del gobierno militar.
La Constitución Política de 1980 mantuvo el estatus quo en la disposición tercera transitoria, consolidando la voluntad del pueblo chileno de mantener a Codelco-Chile en su patrimonio.
Sin embargo, acabamos de leer y escuchar, por enésima vez, la distorsionada historia del proceso, contado a medias, ocultando parte importante de la verdad, vistiéndose los minoritarios sectores que siguen con el añejo discurso de 1970, con una versión sesgada, acomodaticia, épica en su favor, ocultando, por ignorancia o por ideologismo, la participación fundamental de otros protagonistas, sin los cuales el proceso estatizador no estaría completo. También hay mucho que agradecerle a Pinochet.
Con esta columna, deseamos recordar la verdad histórica, aunque sea a jirones, para que cada quien aportó, reciba su cuota de reconocimiento, que es lo recto y adecuado. El silencio mezquino y malicioso sobre algunos protagonistas debe ser reemplazado por el reconocimiento digno y justo que de su historia, como ciencia y no como panfleto, debe hacer toda república bien organizada.
Mario Barrientos Ossa.
Abogado.
Magíster en Derecho U. de Ch.
