Tañen agoreramente las campanas y el olor a gladiolos se esparce potente. El señor Binominal agoniza en su lecho de muerte.
El sistema binominal tuvo la virtud de asegurar la gobernabilidad en el reinicio del sistema democrático formal, partidista, evitando el vacío de poder que inevitablemente debía generarse en el fin de un gobierno fuerte, autoritario, para ser remplazado por otro cuya proyección no se veía clara.
Lo primero que conviene precisar es que este sistema, tan vilipendiado hoy, se aplica sólo a las elecciones parlamentarias, por lo cual no es verdad la falacia esparcida que, al eliminarlo, cambiará todo el sistema electoral chileno, sólo afectará la elección de los diputados y senadores. Lo que se juega es la futura conformación del Congreso Nacional.
Fue distorsionado y abusado, como suele suceder en nuestra amada patria, en cuanto generó un efecto perverso, no querido ni imaginado por sus creadores: La inmovilidad parlamentaria, el cierre de las puertas a la renovación, el tornar prácticamente en vitalicios a quienes fueron alguna vez electos.
Lo peor: Le entregó la llave del Parlamento a quienes, desde las ocho manzanas del centro de Santiago, hacen la repartija y deciden a dedo quién o quiénes tiene derecho a ir al Congreso. Recordemos que Allamand, por nombrar un caso emblemático, hoy con claro tinte presidencial, postuló por Valdivia solo en la lista de la Alianza y ¡oh sorpresa!, resultó electo senador.
Otro efecto perverso es la consecuencia de que, como sale uno por lista, pues doblar la votación de la contraria es muy difícil, el peor contradictor de cada candidato es quien lo acompaña. Entrar a la lista como candidato otorga, matemáticamente, un cincuenta por ciento de posibilidades de ser electo, razón por la cual, no interesa atacar a la lista contraria, que igualmente elegirá a otro, sino al compañero, al cual hay que desbancar cueste lo que cueste. O designar a alquien que, como en los viejos tiempos, sólo venga a tocar el violín, para ayudar a la elección del seleccionado.
El tercer efecto perverso es que, dada su mecánica, arrebata a los independientes toda posibilidad de éxito, entregando a los desprestigiados partidos políticos el monopolio de los cargos parlamentarios. Se cuentan con los dedos de una mano los casos excepcionales en que independientes han podido ser electos sin entrar al sistema de listas partidistas, lo que comprueba empíricamente la afirmación anterior.
Hay, pues, razones no menores para que el binominal expire.
El tema ahora es: ¿Con qué sistema lo vamos a reemplazar? A rey muerto, rey puesto.
Haremos una propuesta en una próxima columna.
Mario Barrientos Ossa.
Abogado.
Magister en Derecho U. de Ch.
