Entendemos por “principio” la “norma o idea fundamental que rige el pensamiento o la conducta”. En resumidas palabras, lo que es la base de nuestras creencias, de nuestra fe, de nuestra convicción en algo que nos motiva y que rige nuestro quehacer.
En materia política, en el arte de gobernar, los principios son las ideas fundamentales de cada corriente de opinión, que las mueven a buscar el poder para construir un país mejor con su aplicación, convencidas de entera buena fe que es lo más adecuado para todos. Distinguen a los gobernantes de signo diferente, porque, precisamente, sus principios son distintos, a veces de modo diametral.
La democracia, entonces, consiste en elegir entre quienes proclaman distintos principios, y votamos por aquellos candidatos que sustentan los nuestros. Los que ganan deben aplicar lo que propusieron, pues resultaron apoyados por la mayoría. No hacerlo es desoír la voluntad soberana del pueblo.
En consecuencia, la alternancia en el poder no es cosa de personas, sino de cambio de principios en la conducción del Estado.
No concuerda con lo expresado el que los vencedores de la última elección presidencial no apliquen, enteramente, con claridad y certeza, sus principios, que los oculten en el debate público, que muchas veces actúen de la manera en que lo harían sus contradictores, si hubieran resultado electos aquéllos.
Si la derecha sustenta entre sus principios la defensa de la propiedad privada, del libre emprendimiento, del lucro legítimo fruto del esfuerzo individual, del orden público, de la disciplina, de hacer mérito para crecer en la vida, de reducir el Estado y la burocracia, entre otros muchos, no es entendible que siendo gobierno no aplique tales principios a cabalidad, que a veces los olvide, desencantando a la mayoría que la eligió para hacer un cambio consistente en la trayectoria del Estado y de nuestra sociedad.
Si se teme defender el lucro legítimo, si se permite que la policía sea avasallada, que la delincuencia campee, que la propiedad permanezca ocupada a la fuerza o sea atacada, con impunidad, si se crean servicios públicos a una velocidad exponencial, haciendo crecer el Estado y la burocracia como solución de los problemas, entre otros ejemplos, podemos válidamente concluir que los principios propios se abandonan y se asumen los del sector contradictor.
Es tiempo de despejar este opaco y confuso panorama, que los principios vencedores se apliquen y respeten. De otra manera, sentiremos que hubo cambio de personas, no de principios. Y no era eso lo que el pueblo votó.
Mario Barrientos Ossa
Abogado
Magister en Derecho U. de Chile






