Moda anticientífica y anti (psico)pedagógica

Francisco Javier Larraín Jefe del Área Social IP Los Lagos

Normalmente el ejercicio de las profesiones están sujetas al grado de penetración que el conocimiento científico alcanza en los contextos donde operan. Generalmente nos encontramos pensando en que muchos conceptos sobre los que basamos nuestra vida e incluso lecturas que damos por serias se construyen sobre modelos científicos que están medianamente probados.

Una de las profesiones que se abre paso en Rancagua desde hace poco más de dos décadas es la Psicopedagogía, un núcleo disciplinar en constante reformulación y donde parte de su ejercicio está permanentemente expuesta a ataques de pseudociencias que pretenden legitimidad en centros filosóficos o educacionales de nombres pretenciosos. Particularmente me llamó la atención que una de las imposturas intelectuales más grandes de la psicología y la educación de los últimos años se encuentre definitivamente afectando la credibilidad fundada de futuros profesionales. Los profesionales de la psicopedagogía deben estar enterados de los riesgos de buscar verdades reveladas, más allá del rigor del método.

En 1982 una devota de la “ciencia” del color, comienza a desarrollar tipologías de personalidad según el criterio del color del aura, un saber muy confiable, por supuesto (no tengo conflicto con la existencia del aura, sí con mucho de lo que le achacan). El detalle consiste en que esta “cientista del color” es una persona con el desorden de la sinestesia: ve sonidos, oye colores y puede tomar el gusto a las texturas, algo como un efecto LSD en una escala menor. El libro que publica ese año es traducible como “Entendiendo su vida a través del color”, ella cuenta que desde los ’60 se ha dado cuenta que aumenta la cantidad de niños nacidos con auras índigo. El concepto de “Niño Índigo” estaba por cuajar.

En 1998 por los esposos Lee Carrol y Jan Tober se lucieron con un texto tan confiable como el anterior para validar un diagnóstico clínico, se llamó “Los Niños Índigo: Los nuevos niños han llegado”. La información que ellos entregan se basan en la canalización de mensajes de un ser extraterrestre llamado Kryon, del “Sol Central” que ha estado con la Tierra desde “el comienzo” y que es “familia” del arcángel Miguel. Este libro se volvió la fuente primaria de toda la literatura de autoayuda respecto de los niños índigo, donde las personas que tenían hijos con autismo, hiperactividad o déficit atencional y que no toleran la idea de tener hijos “no sanos” se consuelan pensando en que hay un plan cósmico para ellos como protagonistas.

Se vende una enfermedad como una esperanza de salvación de la humanidad, y dejamos de ver que hay procedimientos para estas afecciones sin necesidad de determinar colores aúricos o canalizar en estado mediúmnico instrucciones de Kryon para precisar un diagnóstico. Además, para que no faltara la seriedad de no confundir los diagnósticos Kryon nos habla de niños de cristal, no necesitamos más investigación y desarrollo, Kryon lo sabe todo.

Como ocurre con “El Secreto”, la gente suma charlatanería a una pizca de física cuántica y cree en lo que le digan. Por supuesto muchos sicólogos, particularmente de ciertas escuelas pseudocientíficas, suscribieron las tesis de los autores expuestos anteriormente y trataron de vestir con ropas de fina sangre racional a una mula sangrante de charlatanería. Pasean esta mula por centros de educación superior esperando reconocimiento académico e incluso ponen en sus sitios web estas aproximaciones, poniendo en entredicho la seriedad de estos lugares donde se supone los alumnos son formados.

Produce escalofríos que a pito de una moda de mediumnidad extraterrestre las Psicopedagogas deban hacer especializaciones o cátedras de “Niños Índigo” o que los padres, que googlean hasta por una gripe, estén seguros, por un test de un sitio web con dudosa calidad académica y aún menos certidumbre científica que su hijo es índigo o de cristal.

 Comentarios